punta marca arde
cielo vino hacha
mata tiembla poste
morbo fresco once
faro gasta macho
siento carga niebla
fanta gorda santa
filo meta piedra
canta espejo alto
celo sangre concha
sala gusta quema
roza cruza sigue
agua lava calma
blanca firme santa
saca verde pasta
grande besa clama
I
A veces salgo a la calle
los días domingo
a mirarle la cara a las personas.
Trato de descifrar si se sienten dichosas
o desdichadas. Si les gusta
su vida o si les gusta
la vida. Les busco el gesto
que distingue
el bienestar
y la frescura o la tristeza
mas profunda.
Yo, sin embargo, deambulo
neutra, casi fantasmal.
Porque la ciudad a veces
te permite eso.
II
A veces el poema termina
porque termina la página.
Cuando se llena de firuletes
que son las palabras
y es como que se acaba
la respiración del poema.
Y ahí termina.
Así como empezó, sin tutía,
en el ángulo superior izquierdo.
Ésto es más claro cuando las manos
hacen los circulitos de la cursiva
en un cuaderno.
En la computadora es más difuso
porque el enter es más rápido,
eléctrico y efectivo
que el cambiar y dar vuelta una página.
“Cuando la
alegría
sea lo único que me plazca.”
Sueño con casas grandes.
Sueño con casas nuevas,
y con casas viejas, que son
nuevas para mi.
Casas luminosas y abandonadas.
Como con el huevo y la gallina
no sé si ésto empieza como anhelo,
o como una actividad
onírica, real y mía.
Pero ahora es
sueño recurrente y anhelo al mismo tiempo.
"Casa nueva” como se llama
mi primer libro
que salió de la nada, fresco como el título.
Creo que el chakra del corazón
está haciendo un trabajo de apertura.
Porque también estoy enamorada
de un ser que inventé, y que ahora,
que existe en mi vida.
A veces siento una tristeza suave
pero augura un nuevo comienzo.
Una marca no es una herida.
Yo estaba esperando
que haga efecto una droga
que no había tomado.
Voy a tener un bebé.
Me acuerdo de una canción de los Cadillacs
que termina diciendo:
“no me quedo nunca más solo”.
Es sobre tener un bebé.
A Javi, que es mamá, le gusta esa frase.
A mi siempre me generó rechazo,
siempre me burle de la soledad
siempre me burlé de las personas que buscan el amor.
Tengo que aprender cosas de ésto.
Puedo decir que viví plenamente
cada uno de los estados de la humanidad,
suena ambicioso
seguro que no todos
pero sí los más famosos dentro de mi cabeza.
Me gusta crecer,
quiero decir: me gusta la vida
y eso es sufrir y también ser feliz.
Es ridículo sentirse solo
lo que hace mal es la parálisis.
Salir un ratito y poner la cara al sol.
Hablar con una amiga, armar un proyecto
y ver qué hacen los demás humanos.
En la calle, en las plazas, salir de una,
salir,
y listo.
Perdí la gracia del rayo de luz
que baja y me dicta lo que hacer.
Ya no alcanza con sentirme conmovida
con tener fuego adentro
en el pecho, en la panza, hasta las piernas.
No puedo ir a la acción. Las condiciones no están dadas,
perdí todas las herramientas.
Confío igual en ésta etapa de puro fuego consumiendo.
Quiero hacer todo despacio
y después ver los frutos.
Por eso ahora soporto el fuego
y me consumo entre mis cosas.
Quiero un árbol florecido.
Quiero un hijo sano saliendo de entre mis piernas.
Guarulhos.
Pasó el día lento en el aeropuerto. Falta sólo un poco más de una hora
para subirme al avión que aterrice en Buenos Aires. Estoy de espaldas al sol y su luz roja rebota en el cristal de la parte interna de mis anteojos y genera reflejos de manchas naranjas y verdes.
Las roturas de mi celular al llegar y al volver me obligaron a calmar la ansiedad a la que estoy acostumbrada con respecto al ritmo que me imprime -o yo le imprimo- a ese aparato.
El primer día de viaje, en París, -que se hicieron dos porque esa noche dormí en lo de Christophe-, estuve sin celular. Hoy estuve todo el día igual encerrada en un aeropuerto. Descansé, comí, leí. También me confundí de terminal. Al darme cuenta del error, mi memoria visual recordó automáticamente la pantalla con la información correcta. Ésta confusión hizo que pase todo el día en una terminal mucho más linda que a la que llegué ahora.
La terminal 3 -donde pasé todo el día- es nueva, con un free-shop enorme
y distintas tiendas. Tiene todas paredes de ventanal, por eso es muy luminosa, y se ven los aviones y las montañas.
La terminal 2, donde estoy ahora y de dónde sale mi avión, es oscura con alfombras y asientos viejos, y no tiene free-shop.
Me siento optimista con éste errático día brasileño.
Atardece despacio en San Pablo y leo “Las clases de Hebe Uhart”, es como un libro de autoayuda y de literatura al mismo tiempo.
Estoy
en el Louvre, estoy pensando en Inés Tiscornia y estoy emocionada. Canto adentro mío el tango que le compuse a mi hermana cuando tenía nueve años estando acá en París. Estoy en la sala de los pintores holandeses.
Que pena decir pintores pero es real que son todos varones, sino en un %100, en un %98 seguro. Me senté a escribir y aún no llegué a la sala de pintura italiana, que es por donde quería empezar. Me siento libre, el amor no siempre ata.
La luz
entra por el techo piramidal de vidrio del edificio e ilumina
de manera perfecta las esculturas de la planta baja y a los visitantes,
que descansan acostados en los bancos de los pasillos, y a los que contemplan las obras. Hasta ahora no usé la audioguía.
Voy a sacar una foto de ésta ventana hacia abajo.
El artista
no sólo revoluciona con sus técnicas, claroscuros y todo eso, sino con cómo mostrar las escenas, de qué manera representar a las personas y a los cuerpos. Si la virgen está parada o sentada, el color de su manto. La decisión de qué retratar, el orden o la luz. Las jerarquías de Jesús y de sus discípulos.


